En busca de la comunidad perdida

Por Larisa Kejval *

“Nunca se utilizó la palabra comunidad de forma más indiscriminada y vacía que en las décadas en las que se hizo difícil encontrar en la vida real comunidades en sentido sociológico.”

Eric Hobsbawm. Historia del Siglo XX.

Radios comunitarias, alternativas, populares. Diversos modos con los que un conjunto de medios de comunicación se han identificado. Diversas formas de nombrar el horizonte de transformación social que suele orientar a estos proyectos. Las líneas que siguen nacieron de la motivación por comprender y problematizar, particularmente, una de esas nociones: la de radio comunitaria. ¿Cómo comprender que centenares de emisoras en toda América Latina se autodenominen comunitarias1? ¿Qué sentidos de comunidad se expresa en ese calificativo?

Lo comunitario remite, indudablemente, a la noción de comunidad. “Comunidad” es, entonces, la palabra clave. Pero en la actualidad no encontramos una única y consensuada noción de comunidad. Con esta palabra se actualizan sentidos que son diversos. Más aun, se trata de sentidos política y socialmente contrapuestos. En algunos casos la noción de comunidad está ligada a la cultura dominante. En otros, designa prácticas, valores y significados alternativos. Una vez más, como veremos, el lenguaje de las palabras -y también de las imágenes y de los sonidos- se vuelve terreno de disputa por el sentido. Precisamente, el propósito de este artículo es indagar algunas de las significaciones que se actualizan a través de la noción de comunidad. Para eso se analizarán cuatro ejemplos, aunque no los únicos, en donde esta idea se presenta con fuerza.

2. Comunidad Movistar

— Ahora en la comunidad Movistar tenemos más tiempo para ponernos de acuerdo. Hablamos 10 minutos por $ 1. — Por eso, hablando tanto ya no hay motivo de discusión.

Así finaliza la publicidad audiovisual que la compañía Movistar puso en circulación a mediados de 2008 para promocionar sus servicios de telefonía celular. Previamente, el comercial muestra diversas situaciones en las que grupos sociales considerados en conflicto por el sentido común -presos y carceleros, colectiveros y taxistas, copropietarios de un consorcio- dialogan y se ponen de acuerdo.

La noción de comunidad que se pone en juego en esta publicidad, debe comprenderse en el marco de la cultura de consumo. Esta última expresión refiere a la sociedad de consumo propia del capitalismo tardío. Se basa en el supuesto de que la orientación de las sociedades capitalistas hacia el consumo masivo tiene como correlato una reorganización general de la producción simbólica y de las experiencias y prácticas de la vida cotidiana. Según Featherstone (2000), una de las principales características de la cultura de consumo es “la disponibilidad de una amplia gama de mercancías, bienes y experiencias que la población general debe consumir, poseer y anhelar. Pero ese consumo está lejos de ser sólo el consumo de bienes dirigidos a necesidades fijas. Más bien, la cultura de consumo puede, a través de la publicidad, los medios de comunicación y las técnicas de exhibición de los bienes, desestabilizar la noción original del uso o significado de los bienes y adherir a ellos nuevas imágenes y signos que pueden reunir toda una gama de deseos y sentimientos asociados”.

El consumo no debe ser comprendido como consumo de valores de uso, sino, fundamentalmente, como consumo de signos. Para Baudrillard (1987), en el pasaje a la producción masiva de mercancías el predominio del valor de cambio por sobre el valor de uso tuvo como consecuencia que la mercancía se transformara en un signo. De este modo, las mercancías han adquirido la capacidad de asumir un amplio espectro de asociaciones simbólicas que se superponen a su valor de uso inicial. Se han transformado en mercancías-signos. Más aún, en signos sin referentes. O, en palabras de Lash y Urry (1997), en símbolos sin la capacidad de representar: “Los símbolos, que son diferentes de los objetos culturales de la representación, no están constituidos por el famoso triángulo semiótico formado por el significante, el significado y el referente, sino sólo por el significante y el significado. Por consiguiente, los símbolos tienen significado pero no se conectan con referentes. Tienen, por así decirlo, un punto de apoyo en el sentido, pero no en la realidad”. En este contexto, las mercancías disponibles se apropian permanentemente de una gran diversidad de significados. La publicidad es una de los principales recursos para realizar esta operación.

Cualesquiera pueden ser las fuentes particulares de las cuales se extraen los significados a los que son asociados las mercancías para ser vendidas. En una continua búsqueda de novedades también se constituyen en fuentes las expresiones y las imágenes ligadas al lenguaje de las resistencias al capitalismo y a sus consecuencias. Pero en este proceso se vacían de sus significados originales. Tal es el caso de la idea de comunidad a la que apela la publicidad de Movistar y de los significados que alguna vez estuvieron asociados a ella. La “comunidad” ha perdido aquí sus sentidos originales. Se reduce a la categoría de mercancía. Cualquier significación que pudiera tener es ahora más apreciada por su valor de intercambio. Cuando este valor comercial se consuma, la “comunidad” se reducirá a la condición de materia de desecho cultural. Los publicistas y los mercaderes del estilo se movilizarán hacia algo nuevo. El significado que permanecerá constante es el mensaje continuo del consumo.

El desarrollo del capitalismo y el de la modernidad supusieron, desde sus mismos inicios, el resquebrajamiento de los lazos comunitarios tradicionales. Esto dio origen a lo que se conoce como proceso de individualización. Las transformaciones que implicaron la sociedad de consumo profundizaron aún más esta tendencia. Cada vez más, los lazos y los compromisos que vinculan a hombres y mujeres son, en todas las esferas de lo social, más débiles. Consecuentemente, existen pocas condiciones para construir comunidades que no sean tan frágiles como esos lazos y compromisos humanos. En este contexto, la actividad de consumir tal vez sea paradigmática: una actividad individual por excelencia. Incluso en los casos en que los consumidores se reúnen para consumir, el consumo es una experiencia solitaria que se vive individualmente. No obstante, la campaña publicitaria de Movistar realiza una operación que parece contradictoria en sí misma: ligar el consumo de telefonía celular a la idea de comunidad. Tal vez la referencia a la comunidad busque conectar con la incertidumbre y la angustia que generan la debilidad de los lazos y de los compromisos contemporáneos. Tal vez, busque conectarse con la necesidad de los sujetos de reunirse en comunidades emocionales transitorias y efímeras en el sentido que describe Maffesoli (1986). Sea como fuere, la telefonía celular se asocia a la idea de comunidad para conformar una mercancía-signo. Pero al mismo tiempo que la telefonía actualiza la noción de comunidad, la vacía de sentido. La contradicción, entonces, desaparece. Una imagen reciclada flota con escasa referencia a la sociedad.

Una comunidad en pequeña escala

“Una comunidad en pequeña escala”. Así se titulaba una de las noticias publicadas por el suplemento semanal “Countries” del diario Clarín el sábado 10 de enero de 2009. En la volanta que antecede al título se puede leer: “Escobar/Los Robles de Maswichtz”. Y en la bajada: “El barrio tiene una superficie de 4 hectáreas y está dividido en 24 lotes”. Claramente, “comunidad” refiere aquí a una nueva urbanización cerrada. Lejos de ser una referencia aislada, la idea de comunidad aparece con frecuencia en este suplemento. ¿Cómo comprender la frecuente asociación de las urbanizaciones cerradas a la noción de comunidad?

Focalizando su mirada en la dinámica espacial de las urbanizaciones de Buenos Aires y Gran Buenos Aires, y teniendo en cuenta las particularidades del devenir de la economía argentina en los últimos años, Arizaga (2005) caracteriza la ocupación del espacio urbano como conflictiva. La ciudad se presenta como el lugar que enfrenta a los que quedaron afuera -del sistema social y de la clase- y a los que se mantienen dentro. En este contexto es posible comprender la proliferación de nuevas urbanizaciones cerradas como el intento de una clase –fundamentalmente sectores de clase media- de huir, aislarse y amurallarse frente a la conflictividad de la ciudad. “Estas urbanizaciones parecen graficar esta lógica de 'ganadores y perdedores' y muestran un aspecto significativo del proceso de transformación que se está llevando a cabo en la morfología social urbana y suburbana dando cuenta de la correspondencia entre patrones territoriales particulares y patrones de organización económica determinados, como conformadores de modelos culturales.” (Arizaga, 2005). Cada vez más la ciudad se va transformando en un conjunto de islotes de riqueza ligados a los procesos de globalización rodeados por el resto marginal.

Incertidumbre e inseguridad son características fundamentales del modo en que los sujetos habitan las ciudades en la actualidad. La imagen de comunidad que pretenden construir las urbanizaciones cerradas es, en este contexto, un refugio frente a estos males. Como sostiene Arizaga (2005), “la urbanización cerrada suburbana resulta un refugio protector frente a un entorno caótico y mutante, brindando una seguridad material (frente al delito), social (a partir de la dualidad distinción-pertenencia) y ontológica: la idea de comunidad que provee la urbanización cerrada reduce, o al menos amortigua, los golpes de la vulnerabilidad a la que el sujeto se ve expuesto. Su previsibilidad social, estética y en sus prácticas cotidianas reduce la sensación de 'a la deriva' que se respira en el afuera.”

Pero la comunidad a la que refieren las urbanizaciones cerradas no es cualquier comunidad. Como sostiene Sennet, se trata de una comunidad purificada. Según Bauman, se trata de una comunidad en tanto gueto voluntario. En los countries y barrios cerrados, “comunidad” equivale a un territorio aislado y separado, con murallas y vigilante. “Comunidad” significa también mismidad: la construcción de un nosotros en ausencia de la alteridad, de los Otros que por ser diferentes se conciben como hostiles y amenazadores. Si los extraños no pueden suprimirse físicamente, la operación de las urbanizaciones cerradas es, al menos, eliminarlos culturalmente, arrojarlos al segundo plano de lo invisible. La comunidad posibilita, entonces, la construcción de un gueto voluntario. Pero a diferencia de los guetos reales, de éstos se puede salir a voluntad. Si los guetos reales significan negación de libertad, “los guetos voluntarios están concebidos para servir a la causa de la libertad” (Bauman).

Por último, comunidad es, paradójicamente, debilitamiento del espacio público. La construcción de las comunidades que prometen las urbanizaciones cerradas requiere, como condición para su realización, una suma de gestos privados e individuales. En consecuencia, el espacio público, como lugar donde los sujetos deliberan y confrontan acerca de las condiciones para una vida urbana con más seguridades y más libertades, se debilita.

La comunidad de software libre

El software que no es libre trae consigo un sistema antisocial que prohíbe la cooperación y la comunidad.

Richard Stallman.

Es frecuente que los usuarios y desarrolladores de software libre se refieran a sí mismos como integrantes de una comunidad. Unos minutos de navegación por Internet sirven para comprobarlo. Yendo más lejos en el tiempo, la idea de comunidad estuvo presente en los inicios mismos del desarrollo de la informática. Así lo señaló Richard Stallman, padre del software libre: “Al desaparecer mi comunidad, se hizo imposible continuar como antes. En lugar de ello me enfrenté a una elección moral severa... Me pregunté: ¿habrá algún programa o programas que yo pueda escribir, de tal manera de otra vez hacer posible una comunidad? La respuesta era clara: lo primero que necesitaba era un sistema operativo.”2

Para comprender más cabalmente el sentido de esta frase es necesario hacer un poco de historia. Entre los años sesenta y setenta el software no era considerado un producto, sino un añadido que los grandes vendedores de computadoras aportaban a los clientes para que éstos pudieran usarlas. En este contexto, era común que los programadores y desarrolladores de software compartieran los códigos de programación –o códigos fuente- de manera colaborativa, unos con otros. En los ámbitos universitarios, militares y empresariales las personas que hacían uso de la incipiente informática creaban, modificaban y compartían el software sin ningún tipo de restricciones. En la década del ochenta la situación empezó a cambiar: las compañías iniciaron el hábito de imponer restricciones a los usuarios de software con el uso de acuerdos de licencia. Las computadoras comenzaron a utilizar sistemas operativos privativos, forzando a los usuarios a aceptar condiciones que impedían realizar modificaciones a los software. Fue en ese momento en que Richard Stallman se vio en la necesidad de elegir entre aceptar desarrollar más software privativo con licencias restrictivas o recuperar el espíritu comunitario de los inicios. En 1984 Stallman comenzó a trabajar en el proyecto del sistema operativo GNU. Un año más tarde fundó la Free Software Foundation (Fundación de Software Libre).

En el mismo sitio web de GNU se define qué es software libre. Éste no significa software no comercial o software gratuito, sino que se refiere a la libertad de los usuarios para ejecutar, copiar, distribuir, estudiar, cambiar y mejorar el software. En torno al software libre pueden nuclearse una heterogeneidad de actores: empresas, gobiernos, hackers, estudiantes. Pero es en los grupos de usuarios de software libre donde la noción de comunidad se expresa más cabalmente. Estos grupos suelen llamarse LUG o GLUG, siglas de Linux Users Groups y de GNU/Linux Users Groups, respectivamente. Hoy varios han sido rebautizados como Grupos de Usuarios de Software Libre. Suelen trabajar en la programación y en el diseño de programas, así como en la promoción de la filosofía del software libre.

Hablar de comunidad de software libre es una paradoja. Estar frente a una computadora, uno de los actos humanos más solitarios e individuales, es, al mismo tiempo, el punto de partida para la construcción de nuevos lazos sociales que adquieren la forma de una comunidad. La tecnología digital, condición necesaria de las actuales transformaciones de la economía mundial, es el eje en torno al cual se ha ido construyendo, al mismo tiempo, una comunidad que, en gran medida, confronta tendencias predominantes de las sociedades capitalistas.

Volviendo al propósito de este trabajo, ¿a qué sentidos remite entonces la noción de comunidad a la que apelan los usuarios y desarrolladores de los Grupos de Usuarios de Software Libre? Las reflexiones que siguen se basan, en gran medida, en las indagaciones de Vannini (2008) en torno al software libre como nueva comunidad. En primer lugar, la noción de comunidad remite a un interés compartido. Los Grupos de Usuarios de Software Libre se estructuran en torno a un conjunto de motivaciones comunes: la fascinación por la tecnología, el interés por la idea del conocimiento libre y la reflexión por los usos sociales o educativos de la tecnología. Antes que el fin de lucro, lo que nuclea a sus integrantes es un placer por el hacer tecnológico en sí mismo.

Pero no sólo intereses se comparten en Grupos de Usuarios de Software Libre. También se comparten –y se construyen- códigos, símbolos y lenguajes. La resignificación y la creación de palabras es una constante en la historia del software libre. Así, los usuarios suelen pelear por los sentidos de palabras como hacker, free y la misma noción de comunidad. No obstante, como señala Vannini, si bien la comunidad es un grupo abierto, sus códigos, lenguajes y reglas generan cierto grado de hermetismo: “las férreas prácticas que unen, al mismo tiempo generan una separación del otro.” De esto se deriva una tensión entre, por un lado, la necesidad de difundir las ideas del software libre más allá de los usuarios más experimentados y, por otro lado, la preocupación por perder las características que le dan identidad al grupo por acercarse a un público ajeno a la tecnología.

Asimismo, la idea de comunidad implica la construcción de lazos de confianza. Vannini describe que en el grupo de usuarios de software libre de Capital Federal, denominado CaFeLUG, “las reuniones se realizan los días sábados y distan de ser reuniones de trabajo en el sentido formal del término. Son, antes que nada, espacios de encuentro entre pares y espacios de distensión aunque, muchas veces, con una agenda apretada de temas.”

Tal vez la significación más importante de la noción de comunidad a la que apelan los usuarios de software libre sea la de trabajo cooperativo y colaborativo. Cooperación y colaboración se exaltan y recuperan como oposición a la atomización y la individualización. Los Grupos de Usuarios de Software Libre pretenden volver –o mejor, continuar- a ese modo de trabajo que fue característico de los inicios del mundo digital y que, tal como se señaló, fue asediado por las estrategias de las empresas. En este sentido, comunidad es, también, inteligencia colectiva. La principal motivación detrás de las acciones de los grupos de software libre es la búsqueda y la socialización del conocimiento por sí mismo, más allá de la búsqueda del dinero. O, en otras palabras, la ética hacker (Himanen, 2002).

Por último, la idea de comunidad está orientada por un fuerte espíritu libertario. Los Grupos de Usuarios de Software Libre pretenden recuperar la libertad de los primeros años de desarrollo de la informática y el mundo virtual. Esto los llevará a construir una agenda de temas que ponen en cuestión las principales categorías derivadas del capitalismo en la sociedad digital: la propiedad comunitaria versus la propiedad privada (y privativa); el copyleft versus el copyright.

Radios comunitarias

Volvamos al inicio. La motivación que dio origen a este artículo es la intención de comprender la referencia a la noción de comunidad que cientos de radios en América Latina ponen en juego en el momento de nombrarse a sí mismas como proyectos de comunicación transformadores. Pero al hablar de comunidad estamos lejos de referirnos a un concepto claramente delimitado en su significado. Muy por el contrario se trata de una noción en disputa. En un extremo, la publicidad hace uso del término para promover el consumo de bienes y servicios, vaciando gran parte de sus sentidos posibles. Las urbanizaciones cerradas recurren a la misma palabra para nombrar un refugio amurallado al que se desea huir para amortiguar la incertidumbre y el temor a la presencia de un Otro amenazante en el espacio urbano. En el otro extremo, la comunidad que constituyen los usuarios de software libre se erige como reacción y oposición a la privatización del conocimiento en el nuevo mundo digital. En este contexto también se torna necesario reflexionar acerca de los sentidos que se ponen en juego cuando un conjunto de medios de comunicación se identifican a sí mismos como comunitarios.

En la década del ochenta comenzó en toda América Latina una etapa de creación de cientos de radios comunitarias. Las experiencias de comunicación alternativa no eran nuevas en el continente. Los últimos años de las décadas del cuarenta y los años cincuenta vieron nacer las radios mineras bolivianas. Los años setenta fueron momentos fértiles para la emergencia de las radios populares en Bolivia y Ecuador, en Colombia y en Venezuela, en Perú y en Centroamérica. El Salvador y Nicaragua fueron testigos del surgimiento de las radios insurgentes a fines de los setenta. Pero fue en los años ochenta cuando la noción de comunidad apareció fuertemente ligada a la radiofonía. Desde entonces, el calificativo comunitario fue el que adoptaron la mayoría de las radios que confrontan con los medios de comunicación orientados por el fin de lucro, teniendo como horizonte la construcción de sociedades más democráticas en su sentido más profundo. ¿Cómo entender, entonces, la emergencia y el predominio de la noción de comunidad para nombrar a este tipo de emisoras?

Comunidad significa, en primer lugar, la reconstrucción de lazos sociales. En los años setenta y ochenta, la mayoría de los países latinoamericanos padecieron dictaduras militares que ejercieron el terrorismo de Estado con el propósito de desarticular los lazos sociales y políticos de sindicatos, agrupaciones políticas, iglesias inspiradas en la Teología de la Liberación, movimientos estudiantiles y organizaciones territoriales. Se trató de políticas del terror orientadas a desandar gran parte de las conquistas sociales de los trabajadores y de las acumulaciones de los movimientos populares para, finalmente, facilitar la implementación de políticas económicas neoliberales. En general, las radios comunitarias no emergieron sino después de finalizados estos períodos dictatoriales. En este contexto, lo comunitario hizo referencia a la reconstrucción de los lazos sociales resquebrajados luego de años de dictaduras. Y la comunicación fue considerada una estrategia fundamental para encarar esa tarea.

Pero lejos de recomponerse, los lazos sociales continuaron debilitándose. A la desestructuración operada por las dictaduras militares se sumó, inmediatamente después, la fuerza individualizadora característica del capitalismo tardío. A la flexibilización de los vínculos en el mundo del trabajo le correspondió el debilitamiento de los compromisos y de los lazos en casi todas las esferas de lo social. En este contexto, para estas radios la idea de comunidad en tanto construcción de lazos sociales sólidos no ha perdido vigencia. En torno al propósito de democratizar las comunicaciones para democratizar las sociedades, las radios recuperan la idea de proyecto sostenido en el tiempo y, en consecuencia, la idea de futuro. Proyecto y futuro se convierten, entonces, en los motores en torno a los cuales reunir y fundar intereses comunes, voluntades y compromisos de orden colectivo. A su modo, construyen comunidad.

En segundo lugar, en muchos casos la comunidad a la que aluden las radios comunitarias refiere a un territorio. Pero no se trata de cualquier territorio. Paralelamente a los centros de poder económico de las ciudades globales existen vastos territorios caracterizados por la marginación y la pobreza, excluidos de los principales procesos que alimentan el crecimiento de la nueva economía global. Lugares donde se arraigan, ferozmente, las consecuencias del capitalismo actual: localidades invadidas de cianuro o agroquímicos; regiones despojadas de sus forestaciones originarias -y habitantes originarios despojados de sus tierras- para cultivar soja; poblaciones sin centros de salud ni espacios recreativos, con viviendas precarias y escasa infraestructura. La contracara de las elites globales cada vez más móviles y emancipadas de las restricciones del espacio es el confinamiento de gran parte de la humanidad a estos territorios. Muchas radios comunitarias, junto a otras organizaciones sociales, surgieron como consecuencia de la organización de hombres y mujeres que habitan estos espacios. En estos contextos, las intervenciones político-culturales de estas emisoras pretenden recuperar la dignidad de las vidas que allí transcurren. Procuran la construcción de relatos que ubiquen en una red de actores, de causas y de consecuencias sociales y políticas, aquello que es vivido como desgracia individual. El territorio deja de ser, entonces, mero territorio para devenir en una comunidad en la que se vive y por la que se lucha con ciertos niveles de organización. Por agua potable o por espacios verdes recreativos, contra la trata de personas o la explotación minera contaminante. Se trata de comunidades que logran dar vuelta el estigma propio de la periferia y construir, de este modo, compromisos e identidad.

Varios intelectuales se han referido al debilitamiento de las fuentes tradicionales dadoras de identidad como la nación y la clase en las últimas décadas. Este desanclaje en el proceso de formación de la identidad crea, al mismo tiempo, nuevas nociones de comunidad de pertenencia y de titularidad de derechos. Nuevos actores y movimientos emergen en la escena social y política. Los grandes relatos han entrado en crisis a medida que se visibilizan múltiples y diversos relatos acerca de la desigualdad. En este contexto, las radios comunitarias emergen como espacios donde las voces de este conjunto de resistencias y disputas se hacen audibles. En cuarto lugar, la noción de comunidad refiere, entonces, aunque un poco imprecisamente, a estos nuevos agregados de individuos que no caben en las categorías más tradicionales y más claramente delimitadas como “la clase” y “el pueblo”.

La construcción de democracia en su sentido profundo -lejos del sentido restringido que la limita a una institución o una forma de gobierno- requiere de la constitución de un espacio público de deliberación acerca las condiciones de convivencia en sociedad, un espacio desde el cual se ejerza presiones sobre el sistema político y se motorice el cambio. No obstante, cada vez más asistimos al debilitamiento del espacio público. La vida de las personas se va retrotrayendo al ámbito de lo privado. Esta situación se relaciona estrechamente con el modo en que las dinámicas del mercado han permeado todas las esferas de la vida. Al mismo tiempo, este diagnóstico no es ajeno a las transformaciones que en las últimas décadas ha sufrido el espacio público. Los lugares de encuentro, conversación y debate social se han debilitado. El espacio público se ha desplazado hacia los medios de comunicación. Como señala Bauman, en estos medios “el interés público” suele ser reducido a “una curiosidad por la vida privada de las figuras públicas, rebajando el arte de la vida pública a una exposición pública de asuntos privados y a unas confesiones públicas de sentimientos privados”. Contra esta tendencia, es posible ligar la idea de comunidad que muchas radios ponen en juego a la intención de reconstruir un espacio público erosionado y una cultura política perdida. En este sentido, la comunidad puede ser entendida, por último, como una comunidad política que se resiste a abandonar el intento por intervenir activamente en la definición de las condiciones en las que viven hombres y mujeres. Una comunidad política que se expresa, delibera y presiona con el propósito de generar transformaciones sociales. La comunicación mediática es, para ello, una decisión por demás estratégica.

Más que en los orígenes, es posible encontrar el sentido de las radios comunitarias en sus propósitos. Gestados por la iniciativa de colectivos y organizaciones, estos medios de comunicación se proponen, entre otros objetivos, construir comunidad. Esto implica fortalecer lazos, compromisos, proyectos a largo plazo, identidades, participación política, resistencias, espacio público. Negarse al habitar de la incertidumbre, del puro presente y de la soledad. En fin, construir la comunidad perdida. O, al menos, intentarlo.

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Notas

*En la Diplomatura dictó el Taller sobre Evaluación de Proyectos Comunitarios. 1. A modo de referencia, la Asociación Mundial de Radios Comunitarias (AMARC) cuenta con cerca de 400 emisoras asociadas en la región América Latina y Caribe. Fuente: http://alc.amarc.org 2. Declaración de Richard Stallman tomada de Vannini, Pablo (2008).

Bibliografía

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